.::: NOTICIAS :::.
Miguel Ángel Silvestre: el hombre más buscado
05/08/08 --> David
Moralejo- Madrid
Cuando terminó la temporada de «Sin tetas no hay paraíso», el actor tuvo
su penúltimo baño de masas en la Gran Vía madrileña, días antes del
colapso que provocó en el festival de Islantilla. Ahora, volcado en el
cine, lucha por demostrar que hay vida después de El Duque.
La despedida de «Sin tetas no hay paraíso» hasta la próxima temporada
-que arrancará en septiembre con una macrofiesta en el Palacio de los
Deportes de Madrid- significó también el adiós de Miguel Ángel
Silvestre. Digamos al menos un «hasta luego», visto que el impacto de El
Duque, su personaje en la exitosa serie, había traspasado todos los
límites conocidos hasta la fecha. Portadas clónicas que abarrotaban los
kioscos, entrevistas inventadas que él juraba no haber concedido,
noticias falsas sobre un supuesto contrato con Armani, fotos robadas de
situaciones tan poco noticiables como tirar la basura... Excepto la
cotidianeidad de vivir con un «paparazzi» pegado a la espalda nada de
esto era cierto, por lo que Miguel Ángel decidió poner un verano de por
medio y desaparecer hasta nuevo aviso. Antes de que eso ocurriera,
charlamos con él escondidos casi en un rincón de un céntrico hotel
madrileño:
-Casi diez años trabajando duro por
lograr un hueco en este mundo hasta que, de repente, el éxito llega a lo
bestia... ¿Cómo se vive eso?
-Aunque no lo creas, en el fondo siento que es algo maravilloso. Todo
esto que me está pasando es muy bonito, aunque reconozco que sí, que ha
venido muy de sopetón.
-Acláreselo de una vez a las «fans»: El
Duque es sólo ficción, mientras que Miguel Ángel Silvestre es un actor
metido a gángster catódico por exigencias del guión.
-La verdad es que tengo poco que ver con él. Es un tipo al que el
destino le ha castigado mucho, al que han obligado a vivir demasiado
deprisa. Y yo no me puedo quejar de nada de eso: tengo una vida feliz,
unos padres increíbles y mucha gente que me quiere.
-¿Mucha? No nos cabe duda:
aproximadamente el 99 por ciento de las mujeres de este país, sin
exagerar... -Ja, ja, ja. No será para tanto. Además, si lo
piensas bien, en el fondo es una manera de sentirse más arropado. A
veces me digo: «Al menos sé que, si un día me desmayo por la calle,
alguna de las ?fans? se encargará de que no llegue ni a rozar el suelo».
-¿No es algo que puede llegar a
incomodar?
-El cariño de la gente nunca incomoda, menos cuando llevas tantos años
trabajando para que se reconozca tu trabajo. Molesta más el acoso de los
«paparazzi» y de cierto tipo de prensa. Porque sinceramente, no sé qué
les puede interesar de mi vida privada. Entre otras razones, porque
últimamente no tengo mucha: de casa al trabajo y del trabajo a casa.
-Su papel de boxeador en «La distancia»,
por el que ganó un premio en el festival de Toulouse, recibió el aplauso
de la crítica especializada. ¿Da más subidón eso que una audiencia
millonaria en televisión?
-Es distinto. En la época que vivimos no podemos olvidarnos del poder de
la televisión, fíjate en Estados Unidos con las series, y tampoco de que
nos da trabajo y reconocimiento a un montón de actores. Pero es lógico
que el aplauso por una película así, cuyo rodaje fue tan duro, te
provoque cierto hormigueo difícil de superar.
-¿Tan complicado fue meterse en la piel
de un boxeador? ¿Más que en la de un gángster como el Duque?
-Sólo te diré que me noquearon siete veces, y el primer día, después de
un KO, salí corriendo, me encerré en un baño y me eché a llorar. Cuando
paré, comprendí que, si no había aprendido a aceptar el dolor, al menos
ya podía comprenderlo.
-Pronto veremos en la gran pantalla «L?imbroglio
nel lenzulo» (algo así como «Lío entre las sábanas»), en la que le ha
dirigido Alfonso Arau. Suena a salto internacional...
-La rodamos en Italia, está ya en fase de post producción y espero que
sea un éxito, claro. Trata sobre la llegada del cine a la zona de
Nápoles, allá por 1905, y las sábanas a las que se refiere son las que
servían para proyectar las imágenes. Lo mejor de todo es que en ella he
trabajado con gente increíble, como Geraldine Chaplin, Anne Parillaud y
María Grazia Cucinotta.
-¿La Cucinotta? No está nada mal...
-Ja, ja, ja. Totalmente de acuerdo. Imagina la cara que se te pone
cuando tienes a alguien como ella al lado. Aunque me pasó algo parecido
cuando rodé «Reflections», con Timothy Hutton. ¡Un tipo con tantos
premios en su casa!
-Fue su primera incursión en el cine
americano, pero sus seguidores se preguntarán: ¿para cuándo la
siguiente? -Hombre, el salto a Hollywood siempre es algo que
ronda en la cabeza de un actor, sobre todo después de ver lo bien que
les va a Penélope, Javier Bardem y Antonio Banderas. De momento prefiero
ir poco a poco, perfeccionando el inglés y tal, aunque nunca se sabe...
-Hablando de Bardem... Ya hay quien le
compara con él a su edad.
-Uf, eso son palabras mayores. Javier Bardem es un monstruo de la
interpretación, así que un piropo así me deja alucinado. En fin, a la
Prensa siempre le gusta buscar parecidos entre actores.
-Hace tres años reconocía en estas
mismas páginas que «todavía soy un niñato, aunque algo he madurado».
Ahora, cumplidos los veintiséis, ¿la cosa ha cambiado?
-Supongo que las experiencias acumuladas te hacen madurar sin que te des
cuenta, pero en el fondo sigo teniendo mucho de niño, sobre todo porque
necesito tener a mis padres cerca.
-Últimamente habla poco más allá de todo
lo que rodea a El Duque. Será por eso que todavía hay quien cree que su
voz es así de ronca de nacimiento.
-Tengo el tono grave, pero no tanto, ja, ja, ja. Lo de la voz fue una
aportación que se me ocurrió para el personaje, porque le acercaba más a
los grandes gángsters del cine. Cuando aceptaron la idea comencé a
entrenar con un logopeda, y gracias a él he logrado el efecto buscado
sin destrozarme por ello la garganta.
-Eso ya lo hacen las «fans» cada vez que
le ven salir a la calle y se ponen a gritar como locas...
-Ja, ja, ja, pues debería decirles que tengan cuidado.
Fuente: larazon.es, 05/08/2008